lunes, 8 de marzo de 2010

Migajas para Gretel

I

Con su overol hecho hilazas y los brazos casi desmechados por lo que debió ser el ataque de una chanda descomunal, el pequeño Hansel Figueroa se zambulló en el agua de los potros de su padre. Guardó aire en el estómago por un minuto hasta que lo sintió ascender en un reflujo doloroso que estalló en múltiples burbujas de agua. Vio de nuevo cómo el rotweiler criollo de la hacienda de Los Pinochos engullía descarnadamente a Hansel Figueroa, hijo único de Don Epifanio Figueroa, ocioso fritanguero y levantador de terneros que a esa hora iba por la tercera garrafa de un aguardiente surtido en el quiosco social de Los Pinochos, a no más de una cuadra de donde el perro se daba endiablado banquete con las entrañas de su hijo. 

Hansel Figueroa, que hace tres horas, en la exactitud agónica de la media noche era Gretel Pinocho, niña sedosa, robustamente colorada y amante secreta del hijo del fritanguero; recordó abalanzarse sobre su amado en un intento por arrancarlo de las fauces de la Hipólita, la perra enorme que había detestado a Hansel desde el primer día que lo vio estregarse frenéticamente bajo las faldas de la pequeña. Fueron tardes de desmayos sin pena, en que la segunda planta del establo de la hacienda crujía en amenaza de colapso y los amantes resoplaban el uno sobre el otro, despojándose de las pocas diferencias con que podían distinguirse entre sí. Eran idénticos; la tez nívea, fácil al estupor y al asedio interno con que la sangre distribuye las vergüenzas; la diminuta estatura se repartía entre los dos con equidad, las facciones pueriles se copiaban para ambos como un juego de espejos en el eje de sus miradas. La niña era mayor que él por un año durante el que su madre en común se paseó sin escrúpulos, brandy en bofe, aguardiente en aborrajados, por el lecho del fritanguero Epifanio mientras Pinocho concretaba los papeles de su hacienda heredada y la concesión de tres hectáreas de siembra de ají.

Pero Hansel no sobrevivió. Entonces Hansel, abnegada y contrecha, cambió sus ropas por el overol enlodazado en sangre de su amado, que yacía tibio entre la hierba, más pequeño que siempre, con la boca hecha espuma, sin espasmos, aterida por las pequeñas muertes de las que se llena un cuerpo antes de expirar. “Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro…” y la pequeña, después de esconder el cadáver tras la cascada del río, donde una vez se habían arriesgado a retozar, suplantó el amor ajeno con el suyo propio. A los dos días Don Eliecer Pinocho rebuznaba en casa del fritanguero:

– ¿Y Gretel? ¿Dónde está la pequeña Gretel, por el amor de Dios, mijo?

–…

–Hagamos una excursión por la loma, compadre ¬–terciaba Epifanio, aturdido por la resaca, con la décima garrafa pesando en sus rodillas.

La excursión se disgregó a los tres días con la romería agotada, las mujeres ovilladas frente al pedestal de La Inmaculada, elevando plegarias para encontrar el cadáver de la pequeña Gretel.

– ¿Cuál cadáver, manada de imbéciles? ¬–irrumpía el hacendado en medio del Tercer Misterio Gozoso, rabiando maldiciones cuesta abajo y destripando el ají con el poder de su mirada ofendida.

II

– ¿Usted recuerda, compadre, cómo era la Gretel de abejita, de zumbona, que hasta cuando le daban los ataques de asma parecía que cantaba?

–¿Asma? Vea, usted no sabe cuánto le agradezco a mi Dios que mi hijo no sufra de nada, porque siendo mudo como es, se puede morir sin que nadie sepa, ¿no ve que no se queja, que no se ríe, que como que vive y no se da cuenta?

–Pues si es sordo de nacimiento.

–La única que medio le sacaba un puje era la niña. ¿Se acuerda?

–Véalo ahí viene compadre.

–Pues es que es igualito a la mamá, que en paz descanse.

–Ya la Gretel, no se le olvide.

–Que en paz descanse.

III

Dieciocho años contaba Hansel Figueroa, hija de Epifanio Figueroa, fritanguero de profesión, lo bastante crédulo y odre como para ignorar los senos incipientes que empezaban a abultarse bajo el overol de jean curtido de su hijo. Los pezones florecidos en la pubertad habían obligado a la joven a ocultarlos bajo dos capas de gasa bien apretados contra el pecho, que con el pasar del tiempo tuvieron que reforzarse más y más hasta el día que no pudo ponerse en pie para su jornada en la siembra de ají. 

La asfixia empezó como un nudo de aire atascado en la garganta; la muerte en dos tenazas, encallada en su boca, aferrada a su garganta, como una saliva dolorosa que bajaba hasta su estómago. Hansel Figueroa empezó a desatarse el forro de gaza que le oprimía el tórax y no pudo evitar el resoplido angustioso que lo llevó al balbuceo y luego al desvarío. Una palabra negra y cancerbera se apoderó de su lengua y la mordió. Una palabra criolla, de fauces abominables, que le llenaba la boca de fuego y destruía el poco de aire que le quedaba. "¡Hipólita!", había modulado seca y agónicamente. Hipólita, Hipólita vivía y se pagaba en su voz. La pesadilla con la perra sanguinaria destrozó sus nervios; Hansel Figueroa sentía que de esta no iba a salir. Era demasiado opresivo el ataque; el asma se había recrudecido en los últimos años y la joven necesitaba ayuda.

Hizo un esfuerzo por callar. Mordió la almohada y trató de balancear su respiración. Imposible. Hipólita. Se aferró al barandal de su camastro, Hipólita, ¡Hipólita! Contó hasta diez, como siempre, hasta que escuchó pasos fuera de la habitación y la voz del fritanguero que la llamaba. ¡Hipólita la cancerbera! Tomó impulso y retiró los espejuelos de la ventana; otro esfuerzo sobrenatural por tomar una bocanada de aire que le supo a muerte. La puerta de la habitación, forzada por los hombros macizos de Don Epifanio, tronó en sus astillas y se abrió. Lo demás fue demasiado ensordecedor. El fritanguero tomó a su hijo en brazos y lo sintió helado; la transparencia de su voz, que clamaba por la chanda Hipólita, le bañó los oídos en una clarividencia desastrosa. Esa no podía ser la boca de Hansel Figueroa, sordo mudo de nacimiento, hombre sano que no se quejaba de nada, que no escuchaba nada, ni el dolor propio ni el de nadie. Entonces sintió el par de senos que se estrechaban en su pecho y emitió un alarido que llenó la casa de un fragor espeluznante y regresó el mundo a su estado natural. 

IV

Empapado de agua y saliva de potros, el pequeño Hansel Figueroa emergió de la artesa y sacó de su overol una masa aguada de empanada de maíz y cáscara de papa, que acostumbraba desmenuzar por el camino de la hacienda de Los Pinochos hasta la fritanga de su padre. La Hipólita lo seguía así todas las noches, engullendo cada pedazo de alimento que el niño dejaba a su paso. Después del rito amatorio y juguetón con Gretel, el pequeño se zambullía en el bebedero de los terneros sólo por complacer a la hija del hacendado. Ella reía viéndolo caminar aterido de frío y mudo como siempre, por el sendero de ají cortado que lo llevaba hasta el pueblo donde él dormía y soñaba con la muerte de ese pequeño monstruo níveo, tan idéntico a él, que lo sometía en las tardes bajo el agua de sus faldas. Soñaba con que la tirana durmiera asfixiada con su asma para no volverse a ver a sí mismo haciéndose el amor a sí mismo y luego salir calado de la hacienda delante de ese monstruo que era la Hipólita y que podía engullirlo en dos bocanadas, mientras la niña corría al espejo de su madre difunta y se decía a sí misma "¡Soy igualita a mi Hansel Figueroa!".

viernes, 22 de enero de 2010

Ocaso

El día se deshace en un estertor de estrellas grises

las montañas se llenan de un soplo oscuro

y los faroles recuperan el filo de las espadas.

Un costal para el sueño, repite la lechuza

cuando el escarabajo de las seis raspa el sonido en la frontera.

La última lluvia es un espejo sucio en medio de la calle,

donde los perros lamen otros perros

más allá, más adentro

la tambora roja duerme entre los cigarros

que se inventaron para suplir sonrisas y palabras de relleno.

Los puentes son la caricia en arco

la vía más segura para llegar al viento.

Una palmada de reflejos se escurre entre raudos muros y manzanas despintadas.

De pronto un cometa

de pronto el labio como umbral

el agua tras una horda de silencios

o un pez que salpica de esperanza y alas de plata

a esa luz que agoniza en las mejillas.


miércoles, 13 de enero de 2010

Los acordes del baúl

He vuelto a las paredes encaladas de Viento para piano, a las ochentayocho teclas donde arden los arcos de la tarde, a los pedales donde se recuestan las ansias, a la blancura herida que torna las palabras en mate, y el silencio en evidencia.

Un mes por fuera y Benedetti hizo de las suyas mientras tanto. Ni siquiera desempaco. Hay que trabajar en la caja de resonancia, pulir las doscientos veinticuatrocuerdas que atraviesan la hoja. Probar el acento de mi carne golpeada contra la tarde, el bastidor encorvado de tierra antigua. Ni siquiera he comprobado si el barrio me recuerda. Hay que poner en marcha el reloj, la cigarra, la herida que traigo abierta en la boca como un clavel. Hay que mandar razón al gorrión que juguetea en mi ventana mientras trabajo en mis cuartillas. Hay que desfundar el sentido del tiempo, que últimamente anda al revés; hay que abofetear la mejilla izquierda de la muerte, donde dice mi nombre y el tuyo.

Hay que punzar la cuerda 19 donde duermen los amores averiados, destronar la seguridad que ejecuta baladas absurdas mientras estoy ausente. Hay que amarrarme al escritorio donde la vida acude a pedirme ayuda. Hay preguntarme si lo que escucho de mis labios es lo mismo que me dijeron antes de aprender a mentir. Hay que quitarle la tapa a los acordes intocables, desnudarme en la evidencia de que la poesía no me perdona, romper las partituras donde la memancolía me traicionó en una gota de vino tinto. Hay que bañarme en el piano, que cada día es más blanco, que casi no lo distingo en la nebulosa apresurada.

Ni siquiera compruebo si estoy con vida. Tantas cosas me pudieron suceder mientras no estuve. El tropel de corceles arremete en mis brazos. Hay que limpiarme la boca y regar la raíz que se hunde en mi vientre y me obliga a respirar, y me obliga a sorber, a tragarme a bocanadas el viento que nace en la esquina del tejado roto y se vuelve espuma al borde del piano.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Para una lectura del retorno en el caso Benedetti

Unas veces me siento como un acantilado
y en otras como un cielo azul pero lejano

Mario Benedetti, Estados de ánimo

Mario Benedetti es el ruiseñor del asfalto. La primera vez que lo leí (o más bien lo oí) fue en un Montebello que glisaba por la carretera Panorama. El amor, las mujeres y la vida, se llamaba la compilación que el poeta rescató de sus inventarios para reñir con Schopenhauer y que me bebí como una larga bocanada de agua fresca. En ese entonces (a mis quince, cuando yacía tendido en el velo morado de la luna) era poesía para regalar. Era un libro de moños que se le ofrecía a la novia, a una mujer desnuda, a la viuda exiliada, a una secretaria, a una anciana abordada por los fantasmas de un tren. Ahora lo entiendo igual, con la diferencia de cinco años de juicio que me convirtieron en la novia, la mujer desnuda, la viuda, la secre, la anciana. La poesía se te devuelve. Es más recíproca que la ley judicial o que la justicia divina. Con Benedetti, que es un poeta de sílabas, de cenizas al desayuno y ventanas en asecho; comprendí el efecto individual y universal que ejerce la poesía en el destino del hombre, cuando con sus manos alargadas hurga en nuestra condición de seres íntimos y pronuncia aquello que hemos esperado nos sea dicho. Nos gusta regalarla, dedicarla en canciones, hacerla fluir en la carne y en el aire, aprendérnosla para tener problemas o para seducir en un salón de celebración. Pero se devuelve. Es el pecado ideal que después se nos cobra y nos deja más desahuciados, entre la lucidez y la melancolía. La poesía de Benedetti, no es que te haga feliz, más bien te habla de tus esperanzas inmediatas, te enseña la frontera en que se mueven alrededor de la vida y como por arte de magnetismo, el amor, la amistad, la partida, el retorno, la muerte, la historia. Y todo esto para que cuando vuelvas al poema y estés del otro lado, puedas habitar el mundo poéticamente: como aquellos hombres que abarcan todos los elementos y los estados sin pedir para sí mismos el milagro de la salvación, sencillamente porque les basta con estar del lado de la vida.

"No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto sobre mi hombro". Quizás en esta frase del mismo poeta encontremos una cifra que nos permita calcular cuánto se ha acercado su poesía a nuestra forma de pesar la cotidianidad. En mi caso, el ruiseñor del asfalto ha ganado la frontera al filósofo teutónico que puso al amor y a las mujeres a un paso de la muerte. Yo doy el paso y me quedo con la vida.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El invisible herido


El ocaso yace ahogado en el vaso de agua. Las sombras son temblores minúsculos agolpándose en el fondo. Nada sucede detrás de la ventana; quizás un hombre que sueña con la escarcha de colores que llaman navidad y que se cuelga de los edificios. El eco repetido de un villancico empieza agitarse en la superficie del agua. Menos mal el hombre ya no tiene sed porque cada sorbo le sabría a la nieve ilusoria de la que su madre le gusta hablar, por esta época. "Diciembre es una palabra nocturna que se defiende de la oscuridad en el sueño de los niños" anota en su libreta. Cerca de un árbol, una anciana se detiene a recoger la rebanada de natilla que se le ha caído. El hombre no lo lamenta. Cuando se cuenta con un vaso de agua todo es más sencillo: nada dulce, nada amargo, la vida es un animal neutro, de cristal, indiferente como un vaso de agua. Pensar eso le dio sed. Pasa un sorbo que le sabe a nada, a siempre.

La anciana sigue su camino, golpeada por las pequeñas centellas del alumbrado público. Por la otra acera, más allá de los dominios del vaso de agua, camina un niño llorando, reacio a la mano de su madre. El hombre siente la necesidad de escupir. La saliva, rayada por mil lucecitas verdes y rojas, estalla al pie de un gato pardo, que sale a correr mientras el arcoíris de las luces se forja en su lomo. Los faroles son fuegos inmóviles, sometidos a la injuria de los mil colores decembrinos. El eco al fin se transforma en villancico que una decena de panderetas fustigan en cada golpe. El hombre, a su pesar, tararea. Eso reseca su lengua, que ahora pasea por los labios, pidiendo un mimo de agua. El hombre maldice su necedad y bebe. La pequeña laguna en el vaso se revuelve en burbujas que al final se revientan contra el cristal.

"Si la navidad es tan pura, puede atravesar hasta mi balcón". Pero su balcón está oscuro, deshabitado, como un orificio en el mundo que el mundo ignora. Hace tiempo que los meses no se asoman por los ojos del hombre, ni por sus ideas, ni por su vaso de agua. Y le duele saber que para entender la noción de la palabra día, debe salir a comprar un poco de azúcar a la tienda. Pero a él no le gusta salir. Si quiere, insulta al universo desde su rincón, imperturbable, imperturbado. Si se le da la gana, cambia el agua por cianuro y lo avienta contra los niños que mendigan en la otra acera. Nada dulce, nada amargo, piensa de nuevo, cuando un perro cojo atraviesa la calle y una motocicleta le frena enfrente del hocico.

Su madre debe estar hablando de la nieve ilusoria que llaman navidad, sentada en la mecedora donde en el día lo palmoteaba y en la noche lo acariciaba. Le sorprende descubrir que las luces se mueven leves, combinadas y juguetonas en el vaso de agua. "Eso nunca pasa". Exhala un suspiro y se asoma para ver como dos pequeños obesos arrinconan a su hermano menor y le arrebatan sus colombinas de menta. El Jingle Bells entra fulminante por la ventana y el hombre lo siente como una cuchillada en su barbilla. Se pregunta por la quesada que su madre le obligaba a comer en noche buena. Entonces, como una esponja, empieza a llenarse del frío de la noche y las lucecitas traviesas. Se convence de que la vida es simple, como un vaso de agua, extática, reposada, tranquila, mesurada, rígida, disciplinada, sin nieve, sin navidad, sin mamá, sin quesada...

Tres golpecillos de madera en la puerta que nadie toca, lo sacan de su meditación. Él se aferra a su rincón, a su islita en el vaso de agua. Los tres golpes se multiplican tres veces más hasta que el hombre avanza lleno de incertidumbre. Le huele dulce, a recuerdo, a niñez. No sabe por qué le empieza a doler adentro, en un lugar donde nieva todo el tiempo, cuando se está solo. Del marco de la puerta emerge un rostro contraído, tierno, como si conservara una mueca reciente de dolor. Una mujer pequeña, su cabello nevado, dividido por la noche, en un océano de plata. Entonces el hombre entiende lo simple que es la vida, lo dulce ahora le parece amargo y lo amargo, un espejo con lama. Observa a la mujer, algo extasiado, conmovido, un poco triste. No recuerda hace cuánto la vio caminar por la acera, agacharse en el vaso de agua y recoger su rebanada.

-Mijo, aquí le traje una rodajita de natilla.

Entonces, mientras un centenar de luciérnagas se baten en el vaso de agua, el hombre recuerda cómo era su madre y cuál era su comida favorita en navidad.

Tribunal

Contra las piedras tengo la manía de romperles el silencio.

Contra la ventana, su costumbre de abrirse cuando la verdad me muestra su sexo.

Contra mi gato, la imprudencia de arañarme la tristeza.

Contra la sangre lo tengo todo:

El signo y la abundancia, el bullicio de sus rondas.

Contra el espejo me faltan argumentos.

Contra el amor, denuncio el albedrío de volverme ciego.

Contra la espada, la simpleza con que invoca el poder.

Contra su remedo, el cuchillo, la facilidad con que advierte la herida.

Contra la palabra tengo menos que balbuceos.

Contra Pessoa, la tarde en que me enseñó todo.

Contra el océano, el pecado de estar tan lejos.

Igual que la perfección.

A la felicidad no la metan en esto porque es imaginaria.

En cambio contra tus labios no tengo nada, ni una palabra, ni un silencio, nada que me importe.

Pregúntale a la piedra, a la ventana. Al abogado invisible que es mi pasado.

No tengo nada en contra de tu boca.

Solo la curiosidad de untarme de ella cuando me nombra.


martes, 24 de noviembre de 2009

Naufragio

Deseaba tanto averiguar lo que había al otro lado de sí misma, que olvidó llevar sus flotadores. La madre, al escuchar los gritos insistentes de la niña, corrió angustiada hacia el baño. Solo tuvo tiempo de taparse la boca mientras la espuma salpicaba el lava manos y su hija era arrastrada por la marea del espejo.