I
Con su overol hecho hilazas y los brazos casi desmechados por lo que debió ser el ataque de una chanda descomunal, el pequeño Hansel Figueroa se zambulló en el agua de los potros de su padre. Guardó aire en el estómago por un minuto hasta que lo sintió ascender en un reflujo doloroso que estalló en múltiples burbujas de agua. Vio de nuevo cómo el rotweiler criollo de la hacienda de Los Pinochos engullía descarnadamente a Hansel Figueroa, hijo único de Don Epifanio Figueroa, ocioso fritanguero y levantador de terneros que a esa hora iba por la tercera garrafa de un aguardiente surtido en el quiosco social de Los Pinochos, a no más de una cuadra de donde el perro se daba endiablado banquete con las entrañas de su hijo.
Hansel Figueroa, que hace tres horas, en la exactitud agónica de la media noche era Gretel Pinocho, niña sedosa, robustamente colorada y amante secreta del hijo del fritanguero; recordó abalanzarse sobre su amado en un intento por arrancarlo de las fauces de la Hipólita, la perra enorme que había detestado a Hansel desde el primer día que lo vio estregarse frenéticamente bajo las faldas de la pequeña. Fueron tardes de desmayos sin pena, en que la segunda planta del establo de la hacienda crujía en amenaza de colapso y los amantes resoplaban el uno sobre el otro, despojándose de las pocas diferencias con que podían distinguirse entre sí. Eran idénticos; la tez nívea, fácil al estupor y al asedio interno con que la sangre distribuye las vergüenzas; la diminuta estatura se repartía entre los dos con equidad, las facciones pueriles se copiaban para ambos como un juego de espejos en el eje de sus miradas. La niña era mayor que él por un año durante el que su madre en común se paseó sin escrúpulos, brandy en bofe, aguardiente en aborrajados, por el lecho del fritanguero Epifanio mientras Pinocho concretaba los papeles de su hacienda heredada y la concesión de tres hectáreas de siembra de ají.
Pero Hansel no sobrevivió. Entonces Hansel, abnegada y contrecha, cambió sus ropas por el overol enlodazado en sangre de su amado, que yacía tibio entre la hierba, más pequeño que siempre, con la boca hecha espuma, sin espasmos, aterida por las pequeñas muertes de las que se llena un cuerpo antes de expirar. “Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro…” y la pequeña, después de esconder el cadáver tras la cascada del río, donde una vez se habían arriesgado a retozar, suplantó el amor ajeno con el suyo propio. A los dos días Don Eliecer Pinocho rebuznaba en casa del fritanguero:
– ¿Y Gretel? ¿Dónde está la pequeña Gretel, por el amor de Dios, mijo?
–…
–Hagamos una excursión por la loma, compadre ¬–terciaba Epifanio, aturdido por la resaca, con la décima garrafa pesando en sus rodillas.
La excursión se disgregó a los tres días con la romería agotada, las mujeres ovilladas frente al pedestal de La Inmaculada, elevando plegarias para encontrar el cadáver de la pequeña Gretel.
– ¿Cuál cadáver, manada de imbéciles? ¬–irrumpía el hacendado en medio del Tercer Misterio Gozoso, rabiando maldiciones cuesta abajo y destripando el ají con el poder de su mirada ofendida.
II
– ¿Usted recuerda, compadre, cómo era la Gretel de abejita, de zumbona, que hasta cuando le daban los ataques de asma parecía que cantaba?
–¿Asma? Vea, usted no sabe cuánto le agradezco a mi Dios que mi hijo no sufra de nada, porque siendo mudo como es, se puede morir sin que nadie sepa, ¿no ve que no se queja, que no se ríe, que como que vive y no se da cuenta?
–Pues si es sordo de nacimiento.
–La única que medio le sacaba un puje era la niña. ¿Se acuerda?
–Véalo ahí viene compadre.
–Pues es que es igualito a la mamá, que en paz descanse.
–Ya la Gretel, no se le olvide.
–Que en paz descanse.
III
Dieciocho años contaba Hansel Figueroa, hija de Epifanio Figueroa, fritanguero de profesión, lo bastante crédulo y odre como para ignorar los senos incipientes que empezaban a abultarse bajo el overol de jean curtido de su hijo. Los pezones florecidos en la pubertad habían obligado a la joven a ocultarlos bajo dos capas de gasa bien apretados contra el pecho, que con el pasar del tiempo tuvieron que reforzarse más y más hasta el día que no pudo ponerse en pie para su jornada en la siembra de ají.
La asfixia empezó como un nudo de aire atascado en la garganta; la muerte en dos tenazas, encallada en su boca, aferrada a su garganta, como una saliva dolorosa que bajaba hasta su estómago. Hansel Figueroa empezó a desatarse el forro de gaza que le oprimía el tórax y no pudo evitar el resoplido angustioso que lo llevó al balbuceo y luego al desvarío. Una palabra negra y cancerbera se apoderó de su lengua y la mordió. Una palabra criolla, de fauces abominables, que le llenaba la boca de fuego y destruía el poco de aire que le quedaba. "¡Hipólita!", había modulado seca y agónicamente. Hipólita, Hipólita vivía y se pagaba en su voz. La pesadilla con la perra sanguinaria destrozó sus nervios; Hansel Figueroa sentía que de esta no iba a salir. Era demasiado opresivo el ataque; el asma se había recrudecido en los últimos años y la joven necesitaba ayuda.
Hizo un esfuerzo por callar. Mordió la almohada y trató de balancear su respiración. Imposible. Hipólita. Se aferró al barandal de su camastro, Hipólita, ¡Hipólita! Contó hasta diez, como siempre, hasta que escuchó pasos fuera de la habitación y la voz del fritanguero que la llamaba. ¡Hipólita la cancerbera! Tomó impulso y retiró los espejuelos de la ventana; otro esfuerzo sobrenatural por tomar una bocanada de aire que le supo a muerte. La puerta de la habitación, forzada por los hombros macizos de Don Epifanio, tronó en sus astillas y se abrió. Lo demás fue demasiado ensordecedor. El fritanguero tomó a su hijo en brazos y lo sintió helado; la transparencia de su voz, que clamaba por la chanda Hipólita, le bañó los oídos en una clarividencia desastrosa. Esa no podía ser la boca de Hansel Figueroa, sordo mudo de nacimiento, hombre sano que no se quejaba de nada, que no escuchaba nada, ni el dolor propio ni el de nadie. Entonces sintió el par de senos que se estrechaban en su pecho y emitió un alarido que llenó la casa de un fragor espeluznante y regresó el mundo a su estado natural.
IV
Empapado de agua y saliva de potros, el pequeño Hansel Figueroa emergió de la artesa y sacó de su overol una masa aguada de empanada de maíz y cáscara de papa, que acostumbraba desmenuzar por el camino de la hacienda de Los Pinochos hasta la fritanga de su padre. La Hipólita lo seguía así todas las noches, engullendo cada pedazo de alimento que el niño dejaba a su paso. Después del rito amatorio y juguetón con Gretel, el pequeño se zambullía en el bebedero de los terneros sólo por complacer a la hija del hacendado. Ella reía viéndolo caminar aterido de frío y mudo como siempre, por el sendero de ají cortado que lo llevaba hasta el pueblo donde él dormía y soñaba con la muerte de ese pequeño monstruo níveo, tan idéntico a él, que lo sometía en las tardes bajo el agua de sus faldas. Soñaba con que la tirana durmiera asfixiada con su asma para no volverse a ver a sí mismo haciéndose el amor a sí mismo y luego salir calado de la hacienda delante de ese monstruo que era la Hipólita y que podía engullirlo en dos bocanadas, mientras la niña corría al espejo de su madre difunta y se decía a sí misma "¡Soy igualita a mi Hansel Figueroa!".








